|
Haciendo uso de esta valiosa herramienta que amablemente la página de internet de nuestro pueblo, la página Paxacu.com.mx nos ofrece para comunicarnos, en este caso mediante el insustituible conducto que es la escritura, como pajacuarense que soy, me tomo la libertad de enviar esta anécdota acaecida hace ya mucho tiempo. La finalidad es compartirla con gente oriunda de esta región y también, desde luego con público que no nació en nuestro pueblo pero que igual, visita la pagina y cultiva el indispensable arte de leer. A mí escrito decidí titularlo “Una noche en el Zalate” como reconocimiento a la nobleza de aquel veterano y místico roble que sin exigir nada a cambio, estuvo allí; al costado de la carretera por muchos años, como un símbolo inequívoco de los pajacuarenses.
Otra razón del singular titulo es porque el clímax de lo acontecido aquella noche se desarrolló en las inmediaciones de aquel famoso árbol que de día invitaba a descansar bajo la sombra de su espeso follaje, pero de noche, era preferible evitar pasar bajo sus ramas especialmente en noches oscuras acompañadas de lluvia y el único medio de recorrer distancia era caminar.
A continuación doy paso a la crónica de lo vivido por el autor esa noche de Cuando yo era un niño, hace ya algunas décadas, por supuesto.
Lázaro del Rio
Predominantemente en tardes de invierno, en torno al calor que despedían las brazas del fogón que usaba mi abuela para cocinar, luego de habernos invitado un jarro de chocolate caliente o canela acompañando la bebida con galletas, gorditas de trigo o alguna pieza de pan, mis hermanos y algunas veces amigos que nos acompañaban, apretujados unos a otros, expectantes, esperábamos con ansias que comenzara el relato que invariablemente mi solicitada abuela tenía después de la merienda. Anécdotas que a nosotros, nos ponían los cabellos de punta y nos alteraban los nervios. Nítidamente recuerdo: cuentos regionales o locales, historias, leyendas, crónicas, fabulas y mitos que de acuerdo a lo escuchado o vivido por mi mamá Josefa desde que era pequeña o trasmitido a ella también por sus padres o parientes, era descrito “exactamente” como el hecho había ocurrido.
Las narraciones abarcaban desde aparecidos que se presentaban con el propósito de revelar donde habían enterrado dineros antes de morir, almas en pena que hacían acto de presencia en dos localidades al mismo tiempo, la monja que iba a las norias por agua, el ermitaño que regresaba de ultratumba para vengarse de quien lo había matado para robarlo en una noche de fiesta, el niño que gemía pidiendo ayuda, las brujas que se trasformaban unas veces en búhos, otras en zopilotes, la mujer que se desplazaba sin tocar el suelo, colgados, fantasmas, decapitados, espectros, los duendes malignos que cuidaban las riquezas del Cerro de la Estrella, el gigantesco gato negro, caballos con tres patas, perros descomunales con dos cabezas y ojos rojos incluyendo los ya clásicos y trillados Mano Peluda, Juan Toscano y La Llorona.
Después de escuchar una historia de esta clase, donde los personajes aludidos habitaban las calles solitarias, fantasmas que por las noches se apoderaban de los caminos y veredas de las poblaciones, mi querida abuela tenia que “encaminarnos” a nuestra casa pues ella vivía en la calle Cinco de Mayo, rumbo a la alameda municipal y nosotros en la avenida que partía al pueblo en dos, la José Mora y del Río, en el cruce con la calle Cuahutemoc.
El tiempo pasó mas rápido de lo que yo hubiera pretendido, la mamá de mi madre fue llamada a cuentas por el creador y todo quedó en memorias acumuladas que nunca o casi nunca externe o compartí con nadie pues carezco de habilidad para relatarlas. Sin embargo, debo admitir que la razón más poderosa es que conforme trascurrieron los años, deje de creer en cosas extraordinarias. Lo consideraba absurdo, ya estos relatos no ocasionaban en mí aquella sensación de miedo. Una vez que fui joven, (sin intentar hacer alarde de valiente) por las noches recorrí la carretera de Venustiano Carranza, la brecha de cumuatillo, el camino de Tecomatán, de La Luz, El Paracho, El Fortín, La Higuera, San Gregorio y pueblo Viejo todo provocado por el deseo de visitar los domingos a las jóvenes que vivían en estos pueblos. Mis amigos y yo, llegábamos a los mencionados pueblos en camión pasajero o en “aventones”. El regreso, casi siempre lo hacíamos caminando pues volvíamos a nuestro Pajacuarán tarde, ya muy avanzada la noche y nadie contaba con un vehiculo. Nunca presencié nada anormal ni estando en grupo ni a solas. Jamás sentí la presencia de algún ser extraño, no me preocupaba por aparecidos en las noches, incluso ni siquiera si la lluvia me sorprendía a mitad del camino. Miedo, ¿A qué? A nada, sólo a los perros que custodiaban algunas fincas cerca de los caminos por los que tenía que transitar.
Continuará...
LEER PARTE 2
LEER PARTE 3
LEER PARTE 4
LEER PARTE 5
|