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Una noche en el Zaláte (Parte3 de 7) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Lázaro Del Río   
lunes, 08 de marzo de 2010

La noche ya se acercaba cuando todos mis compañeros de clase se despidieron, incluyendo la maestra. Era necesario tomar el último camión, y andar por el camino empedrado para luego tomar la carretera consumía tiempo.








De Pajacuarán, únicamente quedé yo, pues a decir verdad, entre los dolientes se encontraba una prima de Toño de nombre Refugio de 17 años que prometió darme el sí esa noche antes de que su familia se retirara del velorio y yo, como todo buen caballero, estaba dispuesto a estoicamente, caminar en la noche de regreso a mi casa una vez que recibiera la aceptación de mi Dulcinea. Las horas pasaron, en un círculo formado por alumnos del segundo semestre y otras personas, hablábamos incansablemente después de haber comido tamales llevados a nosotros por las hermanas de Antonio. Los temas eran variados y totalmente fuera de relación alguna con lo que aquella noche sucedía: materias, comportamiento de los maestros, películas, fut-bol y en voz baja, con toda franqueza recuerdo algunos chistes.

Fue un familiar de mi amigo, un viejo, de paso lento y hablar pausado quien, sombrero en mano y sin dejar de fumar cigarros Faros, se apoderó del rumbo de la conversación. Éste hombre sí que hablaba de cosas serias. Benito Juárez, plateados. Zapata, revolucionarios. Plutarco Elías Calles, Cristeros, y sí, también de lo que creía tener en el total olvido y esa noche entre canelas y cigarrillos, él se encargaba de traer a mi memoria: espectros y aparecidos de los que yo tanto escuché en el pasado.

En aquellos momentos yo hubiera querido que se abstuviera de narrar historias de seres misteriosos e imágenes fantasmagóricas. Como hubiera querido que el tema fuera menos lúgubre. Por un instante sentí que los vellos de toda mi piel se erizaban al entender que pronto tendría que tomar el camino de piedra que me llevaría a la carretera y llegar a mi pueblo.

El deseo de decirle que se callara quedó apagardo cuando descubrí bajo la luz de una lámpara a Refugio, quien con una discreta sonrisa y un ligero movimiento de cabeza, me invitaba a su lado. Minimizando los temas tratados, logré acercarme a ella para escuchar que si quería ser mi novia y rápidamente concretar una cita para la noche siguiente. Nos despedimos, sus padres se retiraban a su casa y ella debería acompañarlos. Entusiasmado me integré al grupo nuevamente, ¿Qué importaba escuchar hablar de sombras amorfas, bultos indefinidos, brujas, demonios y otras cosas que, a estas alturas pasaban a segundo término, si es que pasaban?, ¡No amigo! Era mi noche. Sí, pero caray, yo tenía novia y eso le daba una dimensión diferente a mi estado de ánimo, me sentía realizado.


Continuará...



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